Las políticas públicas son fundamentales para el desarrollo territorial, ya que mejoran las condiciones de vida rurales y fortalecen la producción local. Sin embargo, es vital distinguir entre el simple fortalecimiento sectorial y un verdadero desarrollo territorial. Incrementar la productividad no garantiza bienestar si el valor agregado y la comercialización se concentran fuera del territorio. El desafío es evitar la fuga de valor mediante encadenamientos locales que reinviertan los ingresos en la zona. Por ello, la política agropecuaria debe articularse con la agroindustria local y la planificación territorial para lograr una transformación estructural sostenible.