Pienso que, el cultivo de plantas medicinales es un acto de resistencia biocultural. Al cuidar estas especies, las comunidades rurales no solo conservan biodiversidad y autonomía en salud y alimentación, sino que protegen activamente un sistema vivo de conocimiento. Cada planta es un eslabón en una cadena que conecta la tierra con la cultura, la farmacia con la cocina, y el pasado con el futuro. Es una forma práctica y profunda de defender la identidad y la soberanía, haciendo que el patrimonio ancestral siga siendo útil y vibrante en el presente.